Cuando el juego se hace verdadero…

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Muchas veces me pregunté la razón de porqué habías entrado en mi vida. Estábamos en países lejanos a los nuestros, tú llevabas unos meses y yo fui por mucho menos tiempo. Nos vimos un par de veces, pero nunca conversamos hasta la última semana antes de mi regreso, ahí comenzó todo. Algo me pasó contigo, me gustaste desde el primer minuto. Tú, un chico saudí, menor que yo, pero con más experiencia que nadie.

El destino tiene extrañas formas de hacer que suceda lo que está escrito para cada uno, y por casualidad esa noche llegué a tu casa. Saludaste con frialdad y en el minuto que dijiste mi nombre, se me erizó la piel.

Desde mi experiencia, la visión que tienen las mujeres sobre los hombres saudíes no es ajeno a la realidad. La mayoría que conocí en occidente buscan vivir experiencias que, al parecer, en sus países no las pueden tener. Viven al borde de la lujuria, del exceso, experimentando y jugando a ser “hombres”, en un concepto mal entendido de la palabra. Un “hombre” no es el que se acuesta con muchas mujeres. ¿Sentimientos? ¡Por ningún motivo! Todo es un juego.

Pero sin ser injusta, también tienen su lado seductor, son atentos y cariñosos, especialmente si te consideran solo su amiga o cuando quieren lograr algo.

Todo pasó rápido entre tú y yo, descubrimos que nos gustábamos y a pesar de tus antecedentes “ya sabes lo que ese chico saudí quiere”, no me importó. Yo no buscaba novio ni marido, sólo sentir esa sensación de quinceañera, esa que nos hace sentir vivas y que muchas veces, nos hace perder la cabeza.

Salimos a bailar y de a poco nos apartamos del grupo, quedamos solos. Como adolescentes, fuimos acercándonos cada vez más. Me propusiste irnos a otro lado, te dije “Ok, pero yo no quiero nada más” y tú me respondiste “Ok, pero yo no dejaré de intentarlo”. Esa noche yo mantuve mi palabra y tú, la tuya. Al día siguiente, tomé el avión de regreso a mi país.

Conversamos por semanas evaluando la opción de que yo regresara por uno días. Y sí, tenía claro lo que significaba ir a verte, era entrar en el juego del chico saudí. Ser un objeto y lo acepté. Lo único que te pedí fue que siempre me dijeras la verdad y confié en eso.

Dentro de las mujeres que conozco está el mito de que los hombres del medio oriente son apasionados, y tú no fallaste en nada (eso es para tu ego). Me contaste de tus historias, de la libertad en tus relaciones, como no dejas escapar a ninguna mujer, y lo frío que eres para manejar tus sentimientos.

Pero también te conocí, y tuve la sensación que sólo te escondías dentro de ese papel de  “Conquistador”. Creo que tienes miedo de querer a alguien o que alguien te quiera. Me dio la sensación de que te pones una coraza antes de sufrir. Quizás me equivoco, pero vi en tus ojos nostalgia, algo muy distinto a las palabras que salían de tu boca. Vi honestidad en tus ojos, cuando hablabas de tu familia, amigos, trabajo y lo que esperas. Vi en tus ojos gentileza, que fue lo que hizo que me sintiera enamorada de ti.

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Me entregué a ti en cuerpo y sin querer, en alma. Lo sentí aquella primera vez que estuvimos juntos sin nada entre nosotros, sólo confiando en la palabra del otro.

Un mes después, regresé y fue distinto. De un día para otro no quisiste estar conmigo. Tus razones no fueron claras. ¿Qué pasó? ¿Por qué no eras honesto? Quizás yo ya no te gustaba y es válido que eso pasara, pero me rechazaste y ni siquiera fuiste capaz de decirme la verdad, ¡la verdad! que fue lo único que te pedí durante estos meses, no lo hiciste.

Acepta me dijiste. Si al menos hubiese tenido alguna razón clara y honesta de tu parte para poder entender, lo hubiese aceptado.

En la desesperación de no entender qué pasaba te dije lo que sentía y fue mi error hacerlo, olvidé que los sentimientos no eran parte del juego. No esperaba que me dijeras lo mismo, quizás solo buscaba esa razón, esa honestidad que en algún minuto me gustó de ti.

Acepté ser parte de tu juego, del juego del chico saudí. No me arrepiento, viví cosas increíbles contigo en todos los sentidos y que jamás me habían pasado, pero siempre me dolerá tu silencio, que no fueras sincero, que fue lo único que te pedí, absolutamente nada más. Yo lo fui contigo y me equivoqué en esperar lo mismo de parte tuya.

¿Qué aprendí de ti? que aunque duela es mejor ser brutalmente honesto en vez de no decir nada y vivir una mentira. Que definitivamente yo no soy del tipo de mujer a las que tú acostumbras, aquellas que tienen sexo por deporte y que dejan los sentimientos en la cartera, nunca lo he sido pero lo intenté por ti.

Y no hay peor despedida que la que nunca tuvo una explicación.