Crónicas de una cortesana triste. Parte 1

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Nací en 1947, en una hermosa casa del centro de la ciudad de México atrás del Palacio Nacional, en un ambiente hogareño de vecindad, donde todos los niños andaban sin pañal corriendo por el patio, aunque ustedes no lo crean a pesar de que era vecindad, tenía una fuente en el centro del patio, que servía para tirar colillas de cigarros o para orinar.

Fui la cuarta de siete hermanos, mi primer recuerdo es el olor de la cebolla y los jitomates dentro de huacales que vendía mi madre a la entrada de la vecindad, ahí desayunábamos tacos de crema y si bien nos iba, eran con jamón. Todo era lindo, siempre y cuando a mi madre no le diera por tener un novio nuevo y llevarlo a casa, porque eso significaba otro hermano, alguien que fumaba y llegaba borracho todas las noches.

Casi no fui a la escuela, pero las veces que fui recuerdo el dolor de estómago que me daba por las mañanas, tenía mucha hambre y mi madre nunca me dio un vaso de leche para desayunar, prefería no ir me daban pena mis sandalias de plástico que sólo me duraban tres meses y los cuadernos que tenía eran de mis hermanos de otros grados, que tampoco iban a la escuela, supongo que por lo mismo que yo.

Tres niñas indígenas nahuas en el interior de su casa. México cuenta con tasas de pobreza infantil superiores al 20% segun informe para el desarrollo 2004 de la ONU.

Desde chica empecé a trabajar, desgraciadamente mi mamá se enamoró del papá del último de mis hermanos, era una bestia, no perdonaba ni a la más vieja de su casa, todas las noches escuchaba cómo se movía su cama y mi madre le decía que más despacito porque se iban a despertar los niños; ¿cuál? Si ya estábamos todos despiertos, pero lo más triste es que después de que mi madre se quedaba dormida iba y se acurrucaba en la cama de mis hermanas o en la mía, era un cerdo olía a cigarro y a alcohol, ni siquiera se lavaba, pero bueno a eso me acostumbre.

Un día llegó y me dijo que ya tenía que empezar a ayudar con los gastos de la casa, que tenía que trabajar, ¿pero de qué? Si yo sólo sabía vender fruta y verdura; pensé que me compraría una báscula y pondría un puesto cerca del de mi madre, pero no el muy «jijo» me llevó con sus amigos y me dijo que debía cobrarles tres pesos, uno para los gastos de la casa y dos para él.

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Tenía 12 años, mi cuerpo parecía de menos debido a  la desnutrición, cuando regresé después de la primera tarde, mi madre me miraba con asco, como si yo hubiera decidido hacer lo que estaba haciendo; me preguntó qué cuánto dinero había conseguido, le contesté que todo se lo había dado a él, muy enojada salió del cuarto y le gritoneó frente a sus amigos. Grave error, pues frente a ellos también le dio unas cachetadas y la regresó a la casa jalándola del cabello, le dijo que en esa casa él mandaba y que se hacía lo que él decía, si en algún momento pensé en escapar de esa pesadilla, en esos momentos se borraba completamente de mi mente.

Desde chica me enseñé a trabajar temprano, una nunca sabe quién tuvo un mañanero y quién no; pobrecitos ahí van los maridos a trabajar y lo único que quieren es un poco de apapacho, para eso tempranito estoy yo.

La fuente de la que hablé, también sirve para echar condones.