Confieso amor…

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Lía y Nico se miraron pícaramente, estaban llenos de emociones, en la pequeña banca apenas cabía la felicidad, ella inclinó un poco la cara y miró fijo el pequeño lago frente a ellos. Nico aparcaba el cabello de aquel rostro dulcemente, mientras sonreía por mirarla otra vez.

«Me gustaría decirte cuánto odio si miras a alguien más, o si de pronto conversas y ríes lejos, estallo en celos porque sabemos qué tan dentro ha llegado mi sentir hacia ti… Detesto que hagas cosas lindas y luego pretendas ser rudo, o que me dejes  en duda, no niego cuánto extraño estar contigo esos días que no nos vemos, o los nervios que me causa tu cercanía, estoy ante ti tan deslumbrada…Cuando estamos juntos, detesto tus ansias de mirar mi rostro, eres como un criminal que sólo desea ver la escena del crimen, y me frustra, me frustra bastante porque me miras sonrojada, llena de pánico, inerme ante ti, y sonríes, sonríes con ese cinismo que me fastidia, aparentando no sentir algo después de arrancarme suspiros, porque soy la única que se traga el aire que queda como espacio entre nosotros… Sin embargo, todo esto lo iniciaste arbitrariamente, culpándome a mí de haberte provocado. Y no lo hice, quise irme, pero me sostuviste tan fuerte que, a la fecha, no he podido separarme… La culpa de todo, ciertamente es mía, de nadie más, porque igualmente decidí…»

Él la besó sin autorización y cuando preguntó: «¿En qué pensabas?», ella sonrió coqueta y respondió: «En ti».