Caminar por caminar

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Hoy no sé si narro para no morir o para aprender a morir.  Lo único que sé es que hoy se me antoja contar que he descubierto -después de varias primaveras de sospechas- que eres un transeúnte sin rumbo, un disparo sin blanco fijo y una víctima de una deportación voluntaria, pero obligada a la soledad.

La insatisfacción es el único saco a tu medida en el ropero, porque detrás de lo que uno lucha por ser, uno siempre quiere ser lo que no lucha por ser.

Alcanzar el horizonte siempre ha sido el objetivo, la victoria, la conquista de la carrera. Por lo tanto, duele fingir que la meta es vislumbrada mientras se te gastan los talones en vagabundeos continuos sin brújula alguna que proponga una posible dirección.

Bienvenido, pues, a este mundo donde nadie sabe adónde va y el que cree saberlo no sabe qué autobús pasa por esa zona, por ello no queda más que encerrar en la utopía todo lo que pudiera ser tangible. ¿Cómo salir de la incubadora de dudas y hallar las respuestas que están lejanas y ausentes? Éstas se encuentran jugando felices al escondite tras montañas.

Hoy escuchas el choque de abundantes voces emisarias de ideas absurdas que no se sabe de dónde salen, pero que se pegan a la ropa como el hedor del humo. Hoy en cada punto cardinal usas máscara y creas presentaciones -todas distintas- para lograr la aceptación de la gente, de la tuya y de la demás. A pesar de ello, esa aceptación no crea sosiego, sino planta una fila más de rejas al encarcelamiento que cumples en la libre comunidad. Lo cierto es que tu personaje, el que sea que encarnes, le manifiesta a todos los síntomas de tu vacío.  

¿Qué será de la niña con sensibilidad especial que sus oídos acerca a cuadros de calles neoyorquinas que le cuentan del ruido del viento y de la prisa de sus caminantes, al igual que ayer las mismas calles le contaron a un pintor todavía sin pintura imaginada? Ojalá su metamorfosis no siga tu patrón de transeúnte desorientado, desnudo de vía y de norte.

Por tu parte, sé que mueres por cruzarte con quien represente una palabra de esperanza, una estría de amor y una pincelada violenta de salvación. Ese alguien que haga contigo lo que quiera en complicidad con los secretos y mañas que disimula la piel ansiosa de afecto, le haga nacer un sentido a tu intrascendente vida y te haga descubrir lo que es vivir. Ese alguien que te haga experimentar el valor simbólico de olas tranquilas, de olor a tierra mojada luego de un aguacero y de cacto que no corta, sino que mima.

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Mas hoy nadie piensa en nadie, porque el propio dolor es el único que se siente, al menos con sinceridad. Resulta cuesta arriba caminar guiado por esos dos instintos básicos del hombre, denominados por Freud como «Eros» y «Tánatos». Por un lado el impulso de vida, por el otro la búsqueda de la destrucción. Uno mueve al deseo, mientras que el otro deshace y separa.

Estos dos instintos tan diferentes y tan unidos, como en tu vida los deseos de vivir intensamente y de descansar aunque sea en la hamaca de la muerte; conexos; de la mano; cosidos en un beso pasional que excita y liquida. El día de hoy sólo te regala confusión ante la inestabilidad de andar por un suelo movedizo y ver letreros que indican todas las direcciones, menos las que se hacen urgentes.

Hoy, después de tanta mudanza e intercambio moral; de pérdidas en la transformación y supuestas ganancias de conciencia al darte cuenta de que un «picapleitos» es más feliz que tú, ya no te queda gesto ni expresión. Hay tantas velas derretidas, pero ya apagadas, que aun con sol el frío se hace honesto. Sólo te queda un suspiro viejo y débil que pujas para dibujar en el aire un rastro que te haga sentir dueño de un poco de vida, que no es más que un tanto de muerte.

Caminar por caminar es el único mensaje que dicta la resignación; caminar en balde como tantos transeúntes que -en estampida- van sin rumbo, y otros…

Delegándole la responsabilidad a las fuerzas del bien o del mal, con rumbo intermitente.