Ama, desarma…

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Me duele la boca de pensarte. Y tú me preguntarás por qué…
Raro, ¿verdad? Me duelen los labios al imaginarte y mi cabeza, mientras, está en perfectas condiciones. O eso creo. Pero, incluso, si te paras a pensarlo, es muy fácil; mis labios ya no están rotos, y lo extrañan, añoran ese dolor placentero. Ellos no se muerden solos ni se besan de la nada. Quizás también me falte el aire, el aliento, tu aliento.

Me duele en sí el aire, el camino que se abre dentro de mí. Tú ya no lo haces. Ya no te respiro y ya no me respiras.
Me duele la boca de pronunciar tu nombre, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Ya ves qué repetitivo. Y nunca encuentro una respuesta.  De ansiarte, de desearte, de desearlos, de que me desees, de la ilusión.

Y ahora, parece mentira lo suaves que eran con sus heridas. Curabas y dañabas. No me importaba. Y ahora, parece una tontería, una pérdida de tiempo, y quien quiera que lea esto, pensará que qué gano exactamente plasmando mis palabras aquí, a diestro y siniestro. Asimismo, quien quiera que lea esto y se sienta identificado, pensará en qué está ganando al rememorar y sentir como su corazón se encoje con cada palabra de mi escrito. Podrá sentir la añoranza a flor de piel y el amor, el desamor.

Pues escúchame, siente, ama, recuerda, llora, sufre… Si lees esto, vive, extraña con ganas esos labios que sé que extrañas, no pierdes nada. «Firmemos la tregua, busquemos el mar, sepamos que aun queda alguien ahí fuera; dejemos las guerras, muramos en paz. Hablemos en braile, perdamos los nervios, hagamos por salirnos de esta atmósfera, jodamos el baile, cantemos aún muertos», como dice el gran Pedro. «Escuchadlo, pensadlo. Salid a la calle, respirad el aire fresco y buscad otro aliento en el recuerdo de su aliento, pero no lo enterréis. Joded el baile, joded las reglas, lo convencional y lo clásico. Romped las caretas, las fachadas, las corazas y los nubarrones. Joded y amad a las nubes. Destrozad las malas miradas, las malas intenciones y pegad los corazones rotos, pero no permitais nunca que olviden, necesitan recordar como gasolina para seguir funcionando y poder reinventarse. Reinventaros sobre un pasado bien vivido. Reinventaros sobre miradas, caricias, orgasmos, risas, lágrimas y sudor. Reinventaros sobre él o ella. Cantad. Desafinad. Gritad. Gritemos. Escuchad la ley innata».

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No es malo, no es el fin del mundo.
Y a todos aquellos que queman el libro, todos aquellos que entierran una historia sólo por el hecho de que ya es historia. Todos los que hablan de olvidar por completo, de pasar página definitivamente, de borrar recuerdos, de hacer limpieza de corazón. Todos ellos se equivocan. No saben lo que pierden, a lo que renuncian, pues renuncian a ellos mismos y a las vivencias que los conforman.

Si me estás leyendo y no precisamente en tus mejores momentos, sonríe por lo vivido, no te lamentes, cierra las heridas pero recuerda la cicatriz. Son tus marcas de guerra…

Y prueba de nuevo.