Alguna vez fuiste mío

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Si bien es cierto que las personas no nos pertenecen, no podemos poseerlas como pertenencias, pero hay amores que simplemente al entregarse, se dan completas. Y tú te das cuenta, esas personas fueron tuyas, porque dejaron mucho de sí en tu vida.

Es tan hermoso recordar todos aquellos episodios vividos a tu lado, esos donde fuimos tan felices, donde tus palabras fueron dedicadas para mí. Como olvidar ese capítulo en mi vida en el que compartimos los días y las noches más maravillosas. ¡Fuiste mío!

Tus caricias, tus besos, tenían dueña; tus sonrisas, tus miradas, tenían dueña… ¡Yo! ¡Qué placer más grande! haberlo disfrutado y experimentado. Conmigo a tu lado te sentías especial, al igual que yo. ¡Fuiste mío!

Tuve conmigo tu cuerpo, fue mi rostro, el que miraste al abrir los ojos cada día. Tus manos sabían de memoria mis caminos y tus labios buscaban por instinto los míos en cada amanecer.

Siempre tuviste tiempo para mí, me dedicaste momentos increíbles a tu lado, me hablaste de ti con mucho detalle, desnudaste tu alma ante mí y eso lleva una sola explicación… Fuiste mío.

Ese tiempo fui tu prioridad, la mujer que ocupaba tus pensamientos, a la cual le dedicaste innumerables mensajes de texto… Un simple ¿qué haces?, me indicaba aprecio.

Fue algo tan furtivo, un amor que creció sin remedio, nunca nos percatamos de lo importante que éramos para el otro, hasta que no saber de ti, o tú de mí, por largo tiempo, nos volvía locos.

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Tu mirada no podía mentir, tus ojos se abrían y brillaban conmigo presente y la sonrisa dibujada en tus labios al verme, eran suficiente fundamento de que me pertenecías. Buscabas mis abrazos, mis caricias, mis dedos resbalando por tu cabello;  mi nariz rosando la tuya, para terminar en un tierno beso, ¿recuerdas? ¡con eso enloquecías!… Fuiste tan mío.

De tu boca escuche los mejores halagos, los mejores te amo; de tu boca recibí los más exquisitos besos y las más bellas palabras de aliento. ¡Fuiste mío!

Tus brazos me sostuvieron con amor y me dieron los más tiernos abrazos, como sólo los hombres enamorados, saben darlos.

Me regalaste tu presencia siempre, no hizo falta nunca decirte que te necesitaba porque siempre estuviste. Buscaste siempre mi bienestar y eso te hacia feliz… ¡Fuiste tan mío!

Acaso falto sólo firmarlo, y la verdad, poco habría válido, ya que si hablo de ti en pasado, es porque dejaste de pertenecerme. Por ahora no quiero hablar de lo ocurrido, pero me alegro tanto de haberte conocido y poder decir con mucha seguridad…

¡Fuiste mío!

Por: Laura Calderón

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