Y dejarse llevar.

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Nunca supo cómo demostrar sus
sentimientos sin sentir ese frío que congelaba sus huesos llamado miedo. Miedo
a ser tan vulnerable de nuevo. Miedo a que por dar demasiado (o demasiado poco)
al final acabase perdiendo lo que en aquél momento veía más valioso.

Y en
aquella estación de tren, a lo lejos, divisó su cálida sonrisa. Y al verlo
allí, un poco nervioso, mirando a los lados, no pudo evitar pensar en lo
mucho que sentía. Lo feliz que estaba de volver a sentir, el pánico atroz a
sentir demasiado en tan poco tiempo.

Quizás
todo era igual que antes. O quizás no. Puede que su imaginación estuviese
volando lejos, dejando un poco atrás toda lógica.

En algún
momento tendría que dejarse llevar, darlo todo y arriesgarse. Dejarse caer y
descubrir si tocaría el suelo o alzaría el vuelo.

Un vuelo
más. Como
aquel pajarillo libre que saborea el cielo por última vez antes de caer en
picado. Feliz, ajeno a todo.

Y, ahora, le parecía que volaba, quizás torpemente, pero había despegado.

Siempre tuvo pánico a las alturas, porque cuanto más alto menos podía controlarlo todo. Pero llegaba un punto en el que se sentía bien sin poder hacer nada, simplemente dejándose llevar, olvidando todas las ideas absurdas de su cabeza, solo viviendo el momento, siendo feliz, disfrutando incluso de la posibilidad de un aterrizaje forzoso. 

 Si tenía que aterrizar, lo haría sabiendo que había tocado el cielo con la punta de los dedos. Y entonces sonreiría y volvería a pensar que había merecido la pena,una y otra vez.

Porque quería que la llevase a ver salir el sol desde todos los portales de la luna.
Y que
haría lo que fuese para borrar cada daño, cada cicatriz, cada estupidez, cada
sin sentido.