Tú… El rey de la manipulación

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Me vendiste tu historia triste, tu novela estelar de la noche y te creí todo por completo, cada palabra, cada mirada, cada lágrima te la compré confiando en que no era mentira, creyendo ciegamente en que eras sólo un corazón herido que necesitaba amor y así te acepté.

Pero fue pasando el tiempo, tus cambios de humor y tu falta de interés en mí, me hacían preguntarme: ¿Por qué debo cargar yo con tu dolor? Y si no estabas listo para empezar con alguien más: ¿Por qué insististe en estar juntos?

Cada día era más complicado, todo se trataba sobre de ti y tus horarios, sobre de ti y tus gustos, sobre de ti y tus sentimientos; y yo decía: «Pobre hombre, es que está tan lastimado, pobre niño sólo le hace falta que mi amor lo sane»; pero qué falacia, pero qué mentira… Mi amor no podría jamás haber curado a nadie como tú y te soporté cada grosería, cada desplante porque intentaba entenderte y te justificaba ante mí misma y ante los demás, tus celos, tu amargura tu manera infame de siempre hacerme sentir mal, pero “es que habías pasado por tanto”, “te hacía falta comprensión.”

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Hasta que un día entendí que no era yo, que no era mi amor, que eras tú; que no importa cuán dañado realmente estabas, no era mi deber sanarte.

Que esto era un error, un engaño, tu manera enferma de llamar mi atención con lástima y con culpas habían dejado de aparecer en ocasiones esporádicas, pues ya era tu forma, tu modo de atarme y lo lograbas, sabías cómo engancharme.

Una palabra, un mensaje y sabías que volvería a tus brazos para “entenderte” para justificarte de nuevo, porque me enseñabas tu otra cara de la moneda, el dulce, el necesitado de mí, el amable, el comprensivo, el consciente, el que pedía disculpas, tenías las palabras exactas y la frase perfecta para hacerme volver.

Pero ahora entiendo, sin excusas ni pretextos que quien realmente quiere lo intenta y lo demuestra, no miente, no engaña y no manipula, no esconde una relación, no te hace sentir culpable por cosas que ni siquiera has hecho y por fin pude decirte adiós; pero algo me queda de consuelo: Esta historia triste no será mi entrada a una nueva relación, he decidido empezar de cero la más grandiosa aventura:

Amarme a mí misma, como ni tú ni yo supimos hacerlo.