¡Qué razón tenías Mamá!

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Cuando salí de casa sintiéndome feliz y todopoderosa, con mis veintipocos años cargados a cuestas, queriendo respirar una libertad que me sabía a gloria, recuerdo que te dije: –Madre, me voy y ya no regresaré más a vivir a esta casa. Tú con toda la sabiduría que te dieron los años me abrazaste y me dijiste que lo que ocupara estaría mi hogar siempre para recibirme, te abracé vi tus lágrimas, pero no di marcha atrás, tú sabías que las cosas así no eran correctas, siempre me lo decías: «quien te quiere bien, respeta».

Sabía que había terminado con tus ilusiones de verme salir de blanco de mi casa, de celebrar con una gran fiesta la boda de tu hija, la más pequeña, ¿qué madre no sueña con entregar a su hija en el altar a una persona buena? por supuesto tú querías esto para mí y querías muchas cosas más; querías ver mis ilusiones hechas realidad, querías verme realizada como mujer, tú querías que fuera mamá, pero yo tenía otras ideas, otros sueños y pensaba que esas eran tonterías, que ya tendría tiempo de hacer todo eso; lo que ese día quería era vivir, viajar, rodar en la moto.

Ese día tuve mi primera discusión con él ¿como no iba a ser así? si estaba luchando contra mis creencias, hacía a un lado mis ilusiones, durante días lloraba camino a la nueva casa, la que nunca pude llamar hogar, la que nunca quise decirle MI casa. Sentía que no era mi lugar, todo estaba a su gusto y conveniencia, jamás pude darle mi toque, la casa siempre llena de aceite, llantas, motos… Luché, en verdad luché porque no invadiera mi cocina, al menos ahí era la dueña y señora, era mi pequeño reino dentro del gran caos, siempre lo escuchaba decir que haría una fuente en el jardín para que por las tardes pudiéramos platicar sentados en la orilla. Durante 7 años escuché planearla, incluso me hacía dibujos con el diseño pero no pasaba de eso, todo se quedaba a medias, todo eran promesas.

Fui «feliz» durante años alimentada con la esperanza de que algún día cambiaría, fui feliz mientras volteaba a otros lados, mientras perseguía mis sueños personales, mientras nos «comparaba» con otras parejas, pero por más que uno quiera hacerse ciega, a veces la realidad te golpea y hace que te tambalees; hace que te cuestiones todo y te das cuenta que estas cansada de esperar y de esperar en vano.

Lo confieso, yo le pedí que se fuera, le pedí todo aquello que había guardado, todas las ilusiones, los sueños y todo el dolor acumulado salió a flote, todas las frustraciones y no hubo carretera suficiente para callar los demonios que pugnaban por salir, por hablar, por pedir, te pedí que te fueras mientras por dentro mi corazón rogaba porque me abrazaras e hicieras lo mínimo para apaciguar mi alma, pero esta ocasión no fue así, esta vez fue el fin…

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Y veme aquí Mamá… Regreso a mi hogar, regreso a tus brazos cálidos, regreso a decirte – ¡Qué razón tenías, Mamá! y limpio tus lágrimas y te escucho decirme que te dolía que hubiera perdido el tiempo, hoy puedo decirte mamá que no fue así, crecí y mucho, amé y fue demasiado. Cada día traté de ser mejor, me encontré a mi misma arriba de una motocicleta, amé con libertad, aprendí lo que es la hermandad y con mis «hermanas de aceite» supe de lealtad.

Así que no perdí mi tiempo, el tiempo fue pagado con creces, me regresa a ti siendo una mejor persona, tratando de ser una mejor hija, una mejor ciudadana y una orgullosa motociclista.