Motivos por los que te dejé ir

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Por favor, no pienses que intento hacerte daño al decirte esto, lo único que intento es sacarme un poco el dolor del corazón.

Te conocí una hermosa tarde, cuando las hojas de los árboles ya caídas conferían un color marrón a mi entorno. No imaginaba que esta imagen sería el momento en que me perdería a mí misma para comenzar a entregarle lo mejor de mí a un desconocido, pero así, de las más extrañas casualidades, surgen los más bellos momentos de la vida.

Te vi, sentado bajo la sombra de ese árbol, garabateando en tu cuaderno tonterías que, para mí, no tenían sentido. Tu cabello estaba peinado de esa forma tan chistosa que me daba risa y tus ojos parecían perdidos en el mar de tus pensamientos. Pensé, por un instante, que eras el hombre más guapo que jamás había visto.

Amarte fue sencillo, entregarme a ti, mi pasión. Me desvivía por hacerte feliz, por dibujar en tu rostro esa sonrisa que me derretía. Recuerdo haberme sacado de la manga los chistes más tontos  con la esperanza de que pensarás que era la mujer más graciosa y perfecta del mundo y, con suerte, te quedarías a mi lado para siempre.

No me preguntes en qué momento dejé de ver a ese chico hermoso del parque, porque no voy a poder contestarte. No sé cuál fue el momento exacto en que se me cayó la venda de los ojos y comencé a verte como realmente eras. Deseé en vano que regresaras, que tu cariño volviera; perderme en tus besos, como solía hacerlo. Tú no querías regresar y yo sólo me desgastaba y humillaba. Rompías mi corazón en millones de pedazos y yo sola me veía obligada a remendar cada uno como mejor podía, sólo para volver a intentarlo, porque me importabas más tú que yo misma. Significabas mi felicidad plena. ¿Cómo no querer volver a ti cada vez?

Las cosas nunca mejoraron, por el contrario, sólo empeoraron. Mi príncipe se convirtió en mi verdugo, mi juez, mi carcelero. Lloré hasta que mis ojos se secaron, pero por fin veía con claridad. Debía dejarte ir…  no porque no te amara, no porque no deseara con todas mis fuerzas estar contigo, sino por mí y porque ya no podía seguir sufriendo. Tomaste de mi, todo lo que tenía para dar, hasta que quedé vacía, sola, rota.

Perdóname por haberme ido sin decirte nada, pero fue la única forma. Ya no podía seguir a tu lado, pero no quería despedirme porque aún significas el mundo para mí. No malinterpretes mis palabras, te sigo queriendo, sí, pero sólo porque los grandes amores nunca se olvidan. Ahora me amo más a mí misma de lo que alguna vez te amé a ti y, por ello, tengo la certeza de que cuando me vuelva a enamorar lo haré de alguien que merezca la clase de entrega que soy capaz de dar.

Con estas palabras me despido para siempre, mi primer amor. Me enseñaste a amar. Mil gracias por eso.