Perdida en el verde de tus pupilas

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Siempre te tuve tan cerca, y a la vez te sentía tan lejos. Nunca me fijé en ti. Nunca te di ningún valor, hasta el día que decidí que fueras mi musa. Mi mayor fuente de inspiración. La mayor de mis creaciones: mi gran obra.

Escribí para ti como para ningún otro. Todo tú me iluminabas. Sin siquiera mirarte podía hacer un reflejo de ti; de tu cuerpo, de tu cara, de tu mirada, de tus manos; de tu ser y de tu alma. Eras quien daba sustento a mis palabras, quien daba sentido a mis versos. ¡Podría decir tanto de ti, sabiendo tan poco! Sacaste lo mejor de mí, contigo todo era más fácil. La pluma se movía sola, las ideas venían a mí y empezaba a escribir sin parar. Todos los pensamientos, toda la energía, todo el sentimiento. Eras sencillamente extraordinario. Me podía pasar horas escrutando cada rincón de tu persona, y cada día encontraba algo nuevo; algo sorprendente.

Me devolviste la vida. Conseguiste sacarme del arroyo en el que llevaba tiempo sometida. Viniste a mí como un héroe que salva a su pueblo. No sabría decirte si te quise alguna vez, seguramente sí. Pero no me importó, pues tú me dabas todo lo que necesitaba para seguir adelante. Me sugerías tantas cosas, pensabas tan bien, explicabas tan bien, seducías tan bien, que me daba igual mientras no te fueras.

Podía levantarme cada mañana sin ningún esfuerzo, pues sabía que estarías tú allí. No me suponía ningún problema no escuchar las lecciones de los profesores, que se enfadasen conmigo, o suspender. Lo único importante, es que seguía allí, con más ganas de vivir que nunca. Los recuerdos dejaron de torturarme; el pasado se había quedado atrás y era feliz.

Me llenaste de la vida. Me hiciste reír, me hiciste inspirar, me hiciste comprender el sentido de la vida y del amor, me mostraste tus mejores habilidades, me hiciste ver lo bueno de cada cosa, me hiciste sonreír a la maldad, me diste nuevos amigos, nuevas relaciones, nuevos grupos, me empujaste a conocer lo desconocido, me enseñaste a aprender, a confiar, a no ponerme límites, a sacar la loca que llevo dentro, a divertirme con la vida. Además, me dejaste una huella imborrable: el beso que todos saben que moría por robarte. Corto pero entusiasmado. Por eso quiero agradecértelo, quiero darte las gracias por lo que hiciste. Por integrarme en un mundo del que he aprendido tanto. Por darme la oportunidad de experimentar, de fracasar y de salir del arroyo. Por dejar que te lea, por dejarme escribirte y por dejarme quererte.

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Si no hubieses entrado en mi vida seguramente no estaría donde estoy, ni hubiera conocido a personas tan maravillosas, ni a los desgraciados que me hundieron. Tampoco conocería mis límites, ni de lo que soy capaz, no sabría pasarlo bien, ni hubiese conocido los antros a los que me arrastraste, ni las fiestas a las que tuve que ir por ti. Nada de esto habría sido posible sin ti.

Y aunque a veces me siento perdida, y no sé qué hacer conmigo misma, ni qué camino escoger, ni cómo salir del atolladero, dispongo de una experiencia sabia para decidir. La experiencia a la que sin darte cuenta, me condujiste. Y aunque nunca he tenido tu amor, creo que tengo tu amistad, y tengo lo más importante, aquello por lo que luché tanto por tener: tu verde. Ese verde radiante, como oro y plata, tan cálido a la luz del sol. Una luz dorada que brillaba más allá de lo que alcanzaban mis ojos. Fue ese día, el que te empecé a mirar…

 El que me quedé perdida en tus pupilas.


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