No vuelvas más…

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Yo no entiendo qué te pasa, o por qué estás aquí de nuevo. Llegas, desordenas cuanto quieres y finges con cinismo, que no has salido de mi vida. Estás a todas horas rondando mis pasos, te gusta llamarme y luego colgar, te gusta jugar conmigo. Es una pena decirte que no más.

Lloré por ti largos días, noches, semanas, meses… Dejé parte de ti en cada letra del viejo cuaderno que te dediqué, mojé en café muchos sueños que tenía para ver si así me venía la realidad, estuve molesta por varios meses, odiaba a mis amigos al verlos con su pareja, detesté los detalles que mostrabas en público para esa persona. Estuve ahogada y encarcelada en mí misma, ¿no lo pensaste? Me fui hundiendo poco a poco en la persona fría y grosera que juré no volver a ser.

Estuve a punto del colapso y luego me suicidé.

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Morí. Sé cuán tan cruel suena eso, incluso escalofriante, pero no encontré una manera distinta de definir los hechos. Simplemente me abandoné y dejé que la parte más linda que conociste, muriera.

Siempre he pensado que, cuando dejas tus hábitos para ir a un nuevo nivel de ti, te suicidas; no necesariamente bajo un impulso ajeno, puede venir desde tu interior y acabar contigo mismo sin darte cuenta, porque acabas contigo mismo, porque no queda más de ti que esa imagen de lo que fuiste, el recuerdo de ti que se graba en las mentes de las personas. Nadie está a salvo de hacerlo, porque todos llegamos a un límite de nuestro sentir, y es así como comprendo lo que soy.

No soy un muerto, ni un fantasma, mucho menos una sombra o algo así; soy yo, un paso más a mí. Tengo claro que he dejado mucho por llegar a mi Ítaca, como lo llamarían los psicólogos, y no me arrepiento de salir de mi zona de confort que, en algún momento, fuiste tú.  Estoy por llegar, no necesito pasajeros que estorben, ni malos ratos con quien sólo busca molestar, así que, te pido, no vuelvas.

No me alteras, pero tampoco das seguridad, estás ocupando un lugar que necesito libre para alguien más. ¡Encuéntrate! Tu lugar no está en mi vida y eso lo sé, porque cuando decidiste irte también tomaste dirección a donde quisiste, a esta o aquella cama, a los labios más bonitos o cualquier otro lugar.

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Aquella vez que te grité que te murieras fue en serio, porque no comprendía cómo alguien que tiene tanto miedo de morir, daña a los demás siendo siempre igual que un chiquillo. No has madurado, no has muerto, ni siquiera has estado agonizante. Siempre has sido igual.

¡Con calma! Esto no es un reclamo, es más bien una manera de decirte que no requiero tu ingenuidad, tus malos tratos, tus berrinches y reclamos, las maneras especiales que encontrabas de recriminar mis errores. No necesito a una persona que aún necesita a su madre para que le indique las tareas a realizar, no pretendo ser niñera, ni enfermera ni demás. No te exijo un sacrificio, no espero más de ti porque nada puedes darme. ¿Realmente pensaste que estaría a tu lado todo el tiempo? Mientras me esforzaba por mantener vivo esto, tú lo aniquilabas, siempre molesto, siempre estancado en ti, porque no mirabas cada intento mío por verte feliz. Y te fuiste.

No pido más que te vayas y que te vaya bonito, porque es horrible quedar a la deriva cuando uno se siente morir; y ojalá que todas aquellas personas que estuvieron contigo para ayudarte a huir de mí, de mis palabras y de mis momentos tristes, te ayuden también a salir de la «miseria» de la que hablas y en la que dices estar.

Adelante, espero que no necesites suicidarte como yo.