Me enseñaste a seguir siendo yo…

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Me creí tus mentiras… Una y otra vez. Aun sabiendo que no eran ciertas. Te miraba a los ojos y lo que más deseaba del mundo es que lo que me estabas contando fuese verdad. Que fuese la única. Que importase más que cualquier otra. Que quisieses demostrarme que eras diferente.

Y creí ciegamente en ti porque quería hacerlo. Porque aunque cada pequeña parte de mi instinto me chillaba que corriese, que diese un paso atrás, que no me involucrase tanto, no podía evitarlo. Porque hay veces que nos empeñamos en olvidarnos de todo y seguir adelante. Porque con ver tu sonrisa me bastaba. No quería saber nada más. Sólo quería verla, sin importarme si la causa era yo o era otra.

Pero llega un día en que necesitas algo más. Necesitas a alguien que esté en el mismo punto que tú. Que te demuestre que está ahí para ti y que de verdad le interesas. Y empiezas a ver que jamás te ha demostrado ser diferente. Que, si lo piensas, te ha demostrado ser peor que muchos otros. Que le has dado todo lo que has podido y te lo ha arrebatado sin devolver nada a cambio.

Y al llegar a ese punto, todo ha acabado. Porque ahora dejas de pensar en él antes que en ti. Que lo quieres, que ha sido importante en tu vida, que lo aprecias tanto que a veces podría doler, pero tienes que aprender a vivir con ello. Necesitas encontrar exactamente eso que estás buscando, y no debes conformarte con algo a medias. Porque mereces ser feliz y, si esa persona no acaba de hacerlo, tienes que dejarla ir.

Que no necesitas a nadie para serlo. La felicidad está en ti. Puedes pedir a alguien que te acompañe en tu camino, pero jamás decidas hacer de alguien el sendero.

Jamás fuiste sincero conmigo. Me utilizaste, como aseguro que habrás utilizado a muchas más. Sólo espero que algún día te des cuenta de que no vale la pena mentir. Que al final las mentiras salen a la luz y acabas quedándote solo de nuevo. Y quizá quieras estar así. Quizá este sea tu juego. Pero deberías explicar las reglas antes de dejar jugar a alguien más. Porque yo quizá me di cuenta tarde, tan tarde que ya no me importaba.

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Porque yo he decidido quererme por encima de todo. Luchar por mi vida, por mí, sin miedo. Quien no quiera estar en las malas, no tendrá derecho a estar en las buenas. No te guardo rencor, no te equivoques. No me merece la pena odiarte. He aprendido a ser fuerte y a saber luchar por las cosas buenas de la vida, apartando las malas.

Y a ti, siempre te encasillaré en las buenas. Porque tuvimos nuestros momentos, pero mereció la pena hasta el más mínimo detalle. Hasta la mentira más cruel. Porque ya nada duele. Porque me enseñaste a crecer, a entregarme a la vez que mantenía las alertas. Me enseñaste a ser feliz por mí misma, sin necesitar a nadie más. Me enseñaste a perseguir mis sueños…

 Me enseñaste a seguir siendo yo.