La tierra prometida sin ti

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Tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida al optar por bajar del barco, no quería dejar sola a Sophia, pero después de mi ataque de ansiedad y desesperación pudieron conmigo, tenía que bajar del barco, aislarme y olvidar todos los malos momentos que había vívido con ella. Antes de bajar del barco dejé una carta dentro de una de las últimas botellas de vidrio que nos quedaban, donde le explicaba que necesitaba estar solo, que necesitaba tiempo para mí, esperando que ella me comprendiera y que a mi regreso ella me estuviera esperando con los brazos abiertos.

Después de llevar días nadando a la deriva, por fin vi tierra, ya no tenía ni energías ni fuerzas para nadar, pero el divisar tierra a unos metros de mi me devolvió la esperanza y no sé de dónde saqué fuerzas para nadar hasta allá; al llegar lo primero que hice fue buscar que comer y después de eso perdí la noción del tiempo, caí en un sueño profundo. Después de varias noches sin dormir, eso fue lo mejor que me pudo haber pasado después de bajar del barco.

Desperté sobresaltado y sudando, pues recordé que estaba al fin en tierra, pero no con Sophia, así que busqué la manera de armar una balsa para poder ir a buscarla y traerla a la tierra prometida conmigo, comí y llevé un poco de frutas para el camino.

Navegué toda una noche y parte del día hasta que vi el barco, eufóricamente yo sólo gritaba:

– ¡SOPHIA! ¡SOPHIA! ¡ENCONTRÉ TIERRA AMOR!, ¡ENCONTRÉ TIERRA!

Y esperaba que después de mis gritos ella saliera a cubierta a recibirme, pero no veía respuesta, al llegar al barco y subir comencé a buscarla y vaya sorpresa que me llevé… Ella no estaba en el barco y la carta que le había dejado para que la leyera estaba en el mismo lugar, ella no la vio y entonces puse ojos de plato. Si ella no estaba en el barco sólo pudo haber hecho una cosa… Ella también abandonó el barco y fue mi culpa, comencé a llorar desconsoladamente gritando una y otra vez: ¡NOOOO!

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Era mi maldita culpa, yo la hice creer que la había dejado sola en esto, que la había abandonado a su suerte sin importarme nada y ella también se aventó; entonces quede paralizado unos minutos cuando recordé que ella no sabía nadar bien y sólo pensaba –SOY UNA MIERDAyo la maté, es mi culpa, ella está muerta y es mi culpa.

Después de tanto castigarme supe lo que tenía que hacer para que ella estuviera en paz, para tratar de remediar un poco las cosas y no sentirme tan culpable, aunque tal vez cargaré siempre con ese peso en los hombros, con la muerte de la mujer que más me ha amado y que yo más he amado.

Yo tenía que ser el eterno tripulante de este barco, justo como ella me lo había propuesto y olvidarme de esa tierra prometida, a la cual ya había llegado, pues no quería esa felicidad sin ella. 

El barco tenía nuevamente a su eterno tripulante.