La incertidumbre: El dilema de mi generación.

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Leo las noticias y recuerdo por qué  las odio leer: me aprieto la cabeza con fuerza con las dos manos y repito como manda «No sé qué hacer, no sé qué hacer». Me muerdo los labios y me enojo por pensar en lo que hago. No sé qué hacer.

Me lanzo hecha pancarta a las calles, no.
Mato al presidente, no.
Doy cursos de marxismo, no.
Tomo cursos de marxismo, no.
Me vuelvo monja, no.
Quemo iglesias, no.
Regalo libros rojos, no.

¿Acciones inmediatas?, ¿escritura ensangrentada?, ¿marchas al extranjero?, ¿fugas de gas con cámaras profesionales?

La incertidumbre debe ser la sensación más grande de mi generación: he visto a gente querer levantarse, echar piedras, escribir inmensas quejas, aventársele a los políticos; vamos como perros rabiosos encima de toda la carne putrefacta que nos gobierna. Nos veo a todos mirar a todas partes, vivir ante el dilema del individualismo y la lucha contra la injusticia. Nos veo pero yo veo hasta donde mi ángulo me permite, que es tan reducido que merecería una cachetada y a la cama con edredón lavado Miss Clasemediera.  He intentado, afanada, ir para todos lados: «no hay utilidad en la literatura comprometida; la revolución no se hace con un libro», me decía un mosquito en mi cabeza; me chupaba ansioso y detenía mi esperanza pseudo-comunista.

He intentado, digo pues, arrancarme el socialismo que no sé profesar, pero que suena a hermandad. Me echo a llorar avergonzada porque esta torpeza me acongoja; me hace trizas ver, porque no es necesario imaginarlo, queremos hacer tanto, lo veo en esas publicaciones frustradas vía red-social. Puede parecer chiste enojarse por escrito desde la comodidad de casa, pero esta rabia en forma de burbuja digital en el teclado tiene que significar la búsqueda por la dignidad; el reconocimiento de que algo no va bien, que algo va muy jodidamente mal.

La vida sigue.
Me he dado cuenta
(aplausos)
de que la vida sigue.
Allá afuera lloran y matan,
pero la vida sigue.
Allá afuera roban y corrompen,
pero la vida sigue.
¿Cómo es posible que la vida siga?
Allá afuera aplauden discursos vacíos,
ornamentados bajo el patrocinio de Coca-Cola
porque la vida sigue y hay que repetir
que no va a dejar de seguir.

No quiero que me aplaudan, me decía a mi misma después de leer un escrito, porque no estaba esperando sonrisas de satisfacción. No podía darlas: quería echarme a llorar.  Quizá el fallo está en el problema con las decisiones del otro. No sabemos tolerar. No sabemos qué hacer, pero queremos actuar. Solía sacarme de quicio escuchar a otros amantes de la literatura decir que la lucha social era un punto secundario del acto de narrar: escuchaba voces que repetían lamentos y me pedían actuar. Solía sacarme de quicio la indiferencia de otros que habían sido víctimas eternas del sistema económico actual. Pero entonces, me quedé abandonada en mi rabia contra todo, con mis voces y mi miedo.

La vida sigue
contra todo
(la vida sigue)
ante todo
la vida sigue
a pesar de todo.

Muerte, hambre, muerte. Es la palabra recurrente de este país. Muerte es la constante del problema. La eficacia del sistema. La humillación de la humildad; la calumnia, la condena. La pisa-talones. La rompe-corazones, más allá del presidentísimo de la nacionsísima. La protagonista de la mejor telenovela que se haya visto. El susurro de todos los días. La suela embarrada de mierda que no podemos limpiar. El imparable tic que nos apena frente a los demás. La mancha roja que no podemos quitar del sillón de la sala, y que cubrimos con tapetes o retapizamos -según las condiciones- cada que tenemos invitados a cenar.

Dónde estamos,  qué hacemos, qué sentimos, para qué sentimos, no sentimos, nos ahogamos, qué le hacemos, dónde firmamos la libertad de pueblo, a qué .org nos suscribimos, qué página seguimos, qué retwiteamos, a quién quieres que grabemos compartamos dislikemos. Tenemos el control mediático de las redes. Tenemos el poder en las redes. Tenemos la habilidad de cambiar mientras lo compartamos. No tenemos nada. No hemos comprendido nada. Porque ni siquiera el asterisco nos pertenece. Hasta el asterisco nos han condenado. Hasta el asterisco nos tienen privatizado. La incertidumbre de esta generación revive cada noche cuando, agotados,  ponemos el teléfono en modo avión con el fin de poder por fin descansar; detener tanto activismo para dedicarnos un poco a nosotros, para poder hacer como que nos desconectamos de tantas responsabilidades y nos ponemos a viajar:

y nos decimos susurrando; quedito, quedito:

qué ganas de estrellar ese jodido avión de una vez por todas.