Hazme humo otra vez

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Desde hace algún tiempo y por puro amor a la tortura, comencé a apreciar el olor a cigarrillo; realmente me resulta inusual buscar anhelante ese peculiar aroma; sí, por principio de cuentas, yo ni siquiera puedo fumar y en el pasado encontrarme con alguien fumando me resultaba un tanto repugnante. Pero ahora y sin llegar a la exageración, camino por las calles y busco con la mirada a cualquier individuo que sostenga un cigarrillo en sus dedos; si el olor del humo me alcanza, lo inspiro cerrando los ojos, y dejando mi mente viajar a su recuerdo.

A ese recuerdo que vaga en mi memoria, a veces lo siento morir, pero el humo lo revive y de nuevo él llega a mi ser. Recuerdo aquellas noches donde su imponente presencia se erigía frente a mí. Tan cínico, tan irónico, tan malévolo, siempre con un cigarrillo en los dedos. A pesar de mi edad, de la falta de experiencia, entré en su juego. Viví en carne viva cada instante a su lado, cada caricia, cada beso. Y todo late en mis recuerdos, de donde él jamás se irá. Pero es el aroma a cigarrillo lo que me obliga a no olvidarlo.

A no olvidar esas noches que viven en mi pálida memoria, teniéndolo tan cerca, dominando mis sentidos. Lo que más recuerdo es cómo sostenía el cigarrillo, inhalándolo lentamente mientras me observaba callado, sabiendo que yo era suya, por esa noche siquiera. Suavemente me sostenía con una mano y en la otra, claro, el cigarrillo. Siempre me asombró la habilidad con la que él podía tan ágilmente tomarnos a los dos; sus besos se impregnaban en mis labios suavemente, adquiriendo la forma de su pasión. Elevaba mis sentidos a puntos incomprensibles, a dimensiones fuera de la realidad. El mundo se quedaba pequeño y aunque fuera sólo esa noche, me sentía poderosa, él me hacía poderosa; yo lo hacía mi universo.

Él, el cigarrillo y yo. El humo que me envolvía y se convertía en uno conmigo. Ahora comprendo lo parecidos que éramos el humo y yo. Llegando a sus labios con ansias de ser succionados lentamente, entrar en su ser, ahogando y ardiendo, llenándolo de placer. Así éramos el humo y yo; un solo elemento que viajaba por su cuerpo, llenándolo y llenándonos de él. Culminando en sus sentidos, en el éxtasis de un solo aliento, como si la vida misma se nos fuera en ese instante, mágico y sublime. sentía su cuerpo, viví en sus brazos, soñé con cada roce de sus manos; él humo y yo, vagamos en la divina fantasía de ser parte de la realidad.

Y poco a poco éramos expulsados de él, en un suspiro, acariciando sus labios de la misma manera en que habíamos entrado; saliendo a esa atmósfera oscura que él mismo se encargó de crear. Remolineando semiinconscientes, adorando nuestra naturaleza frágil y amorfa, maldiciendo la firmeza con la que fuimos echados; por un instante, siendo un todo alrededor de él. Poco a poco, desapareciendo. Sin oponer resistencia, porque así era el destino; el humo y yo lo sabíamos y con gusto íbamos a pagar la factura, tal vez un día sea humo otra vez. Qué importa volverse nada, si por un momento lo fuimos todo. Adoraba ser humo para él; amaba ser humo.

Qué no daría por ser humo de nuevo…