Frío.

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Aún recuerdo ese último beso en aquella fría estación de tren.
Recuerdo tus ojos grises mirándome con pena, sabiendo que todo había acabado, mientras tu boca me decía que volverías.
Recuerdo ese último abrazo, tímido, como si fuesemos dos desconocidos, aunque yo quisiese abrazarte fuerte y no volver a soltarte jamás.
Recuerdo esa sonrisa inyectada en dolor. Como mi voz quería decirtelo todo pero no me salió una sola palabra. Simplemente me quedé allí, de pie, viendo como te marchabas, sintiendome vacía, con muchas ganas de llorar pero incapaz de que se deslizara una sola lágrima por mis mejillas.
Y me quedé sola en la estación. Me dolía todo el cuerpo, cada parte de mí, todo lo que te pertenecía estaba sintiendo tu ausencia.
Te habías ido y, contigo, mi sonrisa. 
Estaba sintiéndolo todo y, a la vez, ya no sentía nada.
No imaginas lo que habría dado por un abrazo, unas palabras de consuelo, un todo va a salir bien, un te quiero. Solo necesitaba que me dijeras que ibas a luchar por mí, que seguías pensando lo mismo, que no ibas a rendirte. Quería que por una vez me dijeras que para ti, yo merecía la pena.
Pero lo único que escuché fue el silencio. Y te juro que fue el silencio más doloroso de toda mi vida. La oscuridad de la noche lo hizo aún más amargo. Me quedé a solas, despierta, con sueño pero sin poder dormir. Ahogada en un mar de dudas, miedos, inseguridad, odio.
En mi mente revivía una y otra vez mis conversaciones contigo, sin poder evitarlo. Te tenía en mi mente y ahora no podía imaginar tener que borrarte. No quería borrarte. No podía.
Y tus ojos son los únicos que me podrían devolver a la realidad.