Me desperté aturdida.

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Publicado en noviembre 30th, 2015 | by Edith Neri

Eternamente… ¡Debes leer esto!


Me desperté aturdida.

Después de la sacudida y sentir que los huesos se movían de su lugar. Con la carne dolorida, los músculos mancillados y heridas. Sangre de un lugar o de otro. Volteé a mi lado derecho a ver a mi acompañante, mi amigo, desmayado y sangrando profusamente. Con trabajo salió de mis labios su nombre, “Emilio”, sin obtener respuesta. Estaba atada al cinturón de seguridad, me costó trabajo liberarme de ahí. A tiros y jalones logre zafarme y al caer al suelo sentí sofocar. Pero nada dolía, no dolía nada.

Salí del auto y me percaté que estaba con las llantas hacia arriba. Pedazos de cristal por doquier y el otro auto con el que impactamos estaba a unos cuantos metros que el nuestro. Caminé unos cuantos pasos procurando acercarme nuevamente a Emilio. Dije su nombre, moví su cuerpo, no logré nada. Después de unos segundo lo vi despertar aún colgando pues estaba atado al cinturón. Le hablé varias veces, pero él estaba shock pues no parecía ponerme atención ni escuchar mis palabras.

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“Buscaré ayuda Emilio”. le dije. Pero igual, parecía no escucharme. Me levanté y renqueando conseguí caminar por la carretera. La luna llena iluminaba el camino, pero la soledad de la noche absorbía aquella luz y penetraba en los huesos el temor y la angustia. Ni un auto. Sin embargo sentía que alguien seguía mis pasos. Lograba apenas ver una silueta. Pero al concentrar mi mirada desaparecía entre la neblina que comenzó a posarse en el camino. Seguí caminando buscando por ayuda. Seguí caminando.

Pasarían horas, minutos, no me ha quedado claro. Caminando llegué a la ciudad, con aquella silueta detrás de mí. Hacía mucho frío, estaba muy helada, tal como un cadáver. No pensé en otro lugar a donde ir sino a mi hogar. Anhelaba los brazos de mamá y el regazo de papá. Necesitaba sentirme en paz y tranquila. Llegué a casa e intenté abrir la puerta, pero fue inútil; y la silueta aquella, detrás mío. Estaba la entrada principal cerrada, la puerta de servicio igual. Al asomarme por la ventana logré ver una cena inconclusa en la mesa servida. Me pareció un tanto raro: “Quizá se han enterado” pensé, y corrí al hospital, con esa silueta detrás. Una vez ahí llegué y entré. La madre de Emilio se encontraba ahí. Todo mundo en es lugar se encontraba absorto y parecían no mirarme. Cuando intenté acercarme a ella se fue con el médico a ver a Emilio. Esa silueta, detrás de mí.

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Salí del hospital cerca de las ambulancias. Escuché un par de paramédicos hablar del accidente que había puesto a un muchacho en peligro de muerte. “Está muy grave, quizá no sobreviva. Hay dos personas muertas”.

“Dios mío pensé”, viajaban dos en el otro auto. Y la silueta, detrás mío.

En un radio comunicador “… Sí, trasladaremos los cuerpos… Sus padres ya están aquí… Sin vida… Valeria Lozano…”

Mi nombre…

La sangre me bajó a los pies. Corrí rápidamente hacía el lugar del accidente. La silueta detrás de mí. Al llegar había todo un mundo de gente. Nadie parecía verme. Corrí primero hacia el otro auto y nadie intentó detenerme. Entre el gentío que acomodaba el cuerpo de un joven muerto. ¡Murió! “David Márquez” alguien dijo. Busqué desesperadamente a su acompañante muerto, pero nada, nadie iba con él. Corrí hacia mi auto, nadie intentó detenerme, el tumulto de gente. Cortaban fierros retorcidos… “Esta muerta” escuché decir. ¿Quién está muerta Dios mío?¡Sólo Emilio y yo íbamos en ese auto!

Logré asomarme. Logré ver el cuerpo, el cuerpo inerte, el cadáver… Era yo.

coro e alma

Estaba aturdida y todo giraba sin poder detenerse. Escuché a mi madre llorar en los brazos de papá: “No puede estar muerta” decía.

¿Muerta? ¿Estoy muerta? ¡Esto es una pesadilla, yo no puedo estar muerta! ¡Mírenme! Yo gritaba. Nadie me escuchaba, nadie me veía. ¡No puedo estar muerta!

Corrí sin rumbo, entre aquella niebla. Con esa silueta detrás. Hastiada y llorando me detuve y grité: ¿Quién eres? ¿Qué quieres?… Se acercó hasta dejarse ver por completo. Era Emilio, mi amigo Emilio. Entonces comprendí que me seguía porque él también ya había muerto. Murió su alma y ahora, su cuerpo.

No dijo nada, me miró con tranquilidad y quietud. Con su mano fría limpió mis lágrimas. Tomó mi mano y me dijo:

“Volvamos al auto… Hay mucho que andar y una eternidad para hacerlo”.

Vagan las almas en el mismo lugar dónde han muerto… Eternamente.




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