Estoy muerto y muero a cada instante un poco más

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Dentro de un rato arreglaré la cama para ir a descansar. Mañana debo tener fuerzas para enfrentarme a un día más. Sin embargo, yo quisiera, al arroparme esta noche, dormir para siempre.

Seguir a flote no es antídoto suficiente para combatir mi agonía. Ya perdí la fe. Ya perdí los sueños. Ya perdí la esperanza de un nuevo amanecer. Ya perdí la capacidad de aceptar las cosas como llegan, aprender de ellas y seguir con la frente en alto. Aunque siendo honesto nunca tuve ese don, sólo me hacía el hombre fuerte.

Ya no quiero aparentar. Quiero dormir. Quiero buscar en sueños la suerte que la vida niega. Quiero continuar la lectura que una vez empecé en la estación de los sueños y que mi hermana interrumpió al despertarme. Me intriga saber qué le seguía al sueño de aquella noche.

Quiero dormir para siempre porque no aguanto más ver cómo se despedaza lo que da trabajo construir; porque no aguanto más ambicionar la paz que ya nadie da; porque no aguanto más la fuga de las soluciones como yo de mí mismo.

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Quiero dormir para siempre porque no aguanto más el pellizco de la impotencia por no poder ir al pasado y corregir lo que hice mal; porque no aguanto más mis horas rotas convertidas en hojarasca que el viento se lleva en lento arrastre; porque no aguanto más la prostitución de mi corazón al amor que descuartiza a pequeños pinchazos.

Quiero dormir para siempre porque, a pesar de que mi cuerpo presenta signos vitales, estoy muerto. Estoy muerto en la morada equivocada: en el cine, en el desayuno, en la pizzería, en el pasatiempo, en la libreta, en el chiste y en el adiós. Estoy muerto y muero a cada instante un poco más por la urgencia de intercambiar mi apedreado corazón, preferiblemente por uno de plástico.

Estoy muerto y estoy harto de llevar de la mano un maletín de frustraciones; de la dialéctica de que la vida no dé vida, sino balazos; de vivir aparentando el equilibrio como lo hacen los borrachos del pueblo.

Ya arreglé la cama para ir a descansar. Mañana debo tener fuerzas para enfrentarme a un día más. Sin embargo, yo quisiera, al arroparme esta noche, dormir para siempre. No quiero ver, ni una vez más, que por mis ventanas los árboles no echan ni flores ni frutos, sino globos de sangre.

A veces nos cansamos de vivir, sólo queremos apagar lo que sentimos y dormir para siempre.