Entre amigos… Una nostálgica y breve historia

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La mortecina luz que iluminaba tenuemente la habitación esa noche, le daba un aspecto lúgubre y triste a lo que una vez fue el sitio de muchas risas y alegría, sobre la mesa de la sala vasos para la botella de escocés que se encontraba tumbada y casi vacía sobre la alfombra.

También el olor a humo impregnado en cada rincón del lugar por el cigarro a medio fumar que se encontraba puesto en el cenicero y que aún destilaba, me decía que ya era el último de la cajetilla; sobre el sillón mi amigo de traje, el de las risas y los cuentos, el del dinero y los contactos, el de las fiestas y la high life; despeinado, con barba de 3 días y la mirada perdida, en una palabra: acabado.

Sentí mucho dolor al verlo así, tal vez porque lo consideré un hermano, tal vez porque creía  conocer todo de él o tal vez porque comprendía por lo que había pasado. No pude evitar sentir ese nudo en mi garganta, el que sientes cuando ya nada puedes hacer y que te dice que no debes llorar porque empeoraras la situación. Me senté frente a la mesa sin decir una sola palabra, esperando no morir asfixiado por el humo del cigarrillo o por ese sentimiento que estrujaba mis entrañas.

-No lo entiendo Enrique, por primera vez en la vida sentía que todo iba bien, que sería feliz por el resto de mi descabellada vida, que cambiaría y por fin me centraría, creí haber encontrado mi oasis, no comprendo como las cosas pueden cambiar tan deprisa y vayan tan mal de un día para otro. Ahora no paro de beber, queriendo ahogarme en alcohol y quitarme lentamente la vida con este maldito vicio mío.

– Supongo que la vida da muchas vueltas después de todo, así siempre ha sido, tú gozaste del buen tiempo por mucho. No puedo pensar en un día que te haya visto así, como estás ahora. Siempre fuiste muy feliz, siempre reías y andabas en fiestas, nunca te hizo falta el dinero. No puedo creer verte así.

-Ni yo, pero realmente la amaba, le di todo, la trate como la reina de mi castillo incluso le quise proponer matrimonio y ahora no está, me abandonó por otro que no tendrá ni la mitad de lo que poseo.

-No todo en la vida es dinero, tal vez él le dio algo que tú no supiste darle. Tal vez nunca fue tuya Ernesto.

-¿Pero qué diablos fue lo que no le di?

-Tiempo mi  amigo, tiempo; muchas veces preferías las fiestas a pasar la noche con ella, a escucharla cuando tenía algo que decir. Muchas veces estabas tan ocupado y lejos de ella por tu trabajo, ganando dinero para darle una vida que nunca quiso. Tal vez eso fue lo que hizo que te dejara por otro, que sí la hizo sentir importante y escuchada, alguien con la que pudo ser como realmente es.

Qué cruel eres, pero es la verdad, nada más característico de ti; supongo que por eso quise ser tu amigo… ¡Y ahora tú también te vas y me dejas en el peor momento de mi vida! Definitivamente mi suerte está echada. Ni Rossio, ni Enrique. Ni sé a ciencia cierta cuando volveré a verte mi hermano.

-Lo sé, serán unos años en el extranjero. Lo siento pero no tengo opción, mi trabajo me lo exige y pienso que me irá muy bien ese cambio, después de todo Europa es muy hermoso… ¿No?

-Lo es, sólo espero que no te enamores de una chica loca de esas que te gustan. No quisiera que te pase lo mismo que me sucede ahora a mí.

– No lo creo, sé que estaré muy bien allá, además viajaré acompañado. Pero no puedo dejar de preocuparme por tu salud, estás muy mal y eso no debería ser así. En el fondo eres un buen hombre, tienes tus vicios como todos, pero sé que tarde o temprano volverás a encontrar alguien que te haga reír.

Él en medio de todo, volteó su mirada triste y vacía hacia mí, su rostro reflejaba la ausencia de su alma y su corazón destruido, luego hizo  un gesto de desprecio con su boca y me dijo:

-¿A quién le importa reír? Ya nada de eso me interesa si ella no está. Sólo quisiera desaparecer, irme tan lejos como sea, a ese punto donde no puedes seguir adelante sin que empieces a regresar.

No pude evitar sentirme peor, su mirada llena de tristeza  me hacía sentir que no podría vivir con ese momento en mi cabeza. Se hacía más tarde y algunas nubes amenazaban con lluvia, me despedí de él con el ademan que teníamos desde la infancia, cosa que nos hizo algo de gracia y nos llenó de buenos recuerdos, cuando la vida no era cínica y ningún rencor nos había marcado cicatrices.

Subí al auto y conduje pensando en todo lo que había pasado, ahora era yo quien sentía ansias de fumar. El cielo se tornaba cada vez más rojo y el aeropuerto parecía lejano, pero cuando estás sumido en el pensamiento, sientes que el tiempo no transcurre, pero que el espacio se mueve a un ritmo que causa vértigo.  Al llegar sentía un cosquilleo en las manos, no sabía si era la estática que se encuentra en esos lugares o las ganas que se sienten al querer ver a alguien, tal vez era el miedo a lo desconocido o a que sabía que nunca volvería a esa ciudad.

En la sala de espera del aeropuerto y con las maletas listas me esperaba Rossio sosteniendo en sus manos dos pasajes con rumbo a Francia…

FUENTE: http://ebdlcn.blogspot.mx