El viento me susurró tu nombre…

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Caminaba por la vida, como cualquiera. Como cualquiera que ve la Luna y sonríe, escucha el sonidos de los árboles y suspira. Caminaba como cualquiera que ve en los días una razón de vivir. Caminaba.

Con cada paso que daba, tú estabas ahí, simplemente sonriendo, alegrando mi alma, no como cualquiera, como nadie. Me dejaste ser. Loca, rara, rebelde, grosera, alegre, malhumorada, amargada, penosa, inmadura. Pero no sólo me dejaste ser, tejiste mis alas con cada palabra, de apoyo, de amor, de orgullo, con cada abrazo, con cada sonrisa, con cada beso.

Me hiciste fuerte, me construiste las alas y fuiste tú mi escudo protector, nada me hacía daño, nada, nada me daba miedo, me sentía imparable, invencible, me sentía completa, pues contigo era más que suficiente.

Hasta que llegó el día que más temía, en el que tendría que demostrarle a la vida, que mis alas por más lastimadas que estuvieran, nunca iban a dejar de volar… Mentí. Al verte sufrir, sostuve tus manos, quería acompañarte al cielo para nunca alejarme de ti. Con mi corazón en el suelo, partido en millones de pedazos, con mis alas intentando cubrirme de tanto dolor. Te dejé ir. Nada podía protegerme de tu ausencia. 

Mi caminar comenzó a disminuir el ritmo, los árboles se convirtieron en sólo eso, árboles; la Luna se convirtió en sólo noche.  Tu ausencia estaba presente y caminar ya no era una opción, ya no había razón…

Con el tiempo aprendí de este golpe directo al corazón, a vivir con tu ausencia, ahora te escucho, te siento, te pienso, te hablo, te amo. Pues el viento me habló de ti.  Ahora ya no camino, ahora utilizo mis alas…

Pues tú las construiste y por ti tomaron vida de nuevo.