El cobarde más grande del mundo

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A veces cuando amamos demasiado no nos damos cuenta de la verdadera persona con la que compartimos nuestras vidas y el golpe de la realidad es simplemente mortal.

Cuando lo conocí, la primera impresión que me dio fue de una persona inteligente, interesante, pero muy introvertido, todo parecía excelente hasta que esas arrugas en sus ojos me dieron la primera alerta roja… Era mucho mayor que yo, pero preferí no darle mucha importancia.

Desde ese momento todo se dio muy rápido, a sólo 15 días de habernos conocido ya nos habíamos dado nuestro primer beso y nos hicimos novios… Sin embargo, él dijo unas palabras que me paralizaron por completo: “Tengo una hija y sigo casado con mi ex esposa”, en cuanto terminó la oración un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Lo primero que pensé fue “qué demonios hice”, pero otro pensamiento vino a mi mente “por lo menos es sincero”, enseguida él dijo: Si mi hija o su mamá necesitan de mí, no importa lo que esté haciendo, tengo que estar con ellas…”, eso terminó por sentirse como una patada en el estómago.

No tuve mucho tiempo para pensarlo, pero como suele pasar, la emoción de volver a sentirme atractiva para alguien, ese cosquilleo que me recorría la piel cuando lo veía venció toda razón, y terminé por darle más importancia al sentimiento… Nunca lo hubiera hecho.

Pasó un mes y ya habíamos hecho el amor, ese mismo día, él dijo las palabras que toda chica espera escuchar, pero que a mí me aterraban… “Te amo”, al oírlo me invadió un gran terror, no quería sentir lo mismo por él y menos tan rápido, no estaba preparada, pero hasta ese día sentí lo que nunca antes. Por primera vez me vi como una hermosa mujer capaz de disfrutar su intimidad, de sonreír al terminar de hacer el amor, sin sentir angustia o miedo, por primera vez me sentí plena. Ese día puedo decir sin equivocarme que me sentía feliz, y terminé enamorándome.
Sin embargo, todo parecía un torbellino que había pasado por mí y no me iba a soltar tan fácilmente, no terminaba de pasar una cosa cuando ya estaba ocurriendo otra, todo llegó tan rápido y sin avisar que no quise darme cuenta de la verdad… Él no era para mí.

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No puedo negarlo, desde ese momento pasé los mejores días de mi vida, acumulamos tantos recuerdos, conciertos, paseos, viajes a la playa, pláticas que solo él y yo entendíamos, nos divertíamos recordando caricaturas, frases, canciones, cómics, mangas, salidas al cine que terminaban siempre con un café entre sábanas.

Todo parecía tan bueno para ser verdad, hasta que la realidad me aplastó, yo quería dar el siguiente paso, vivir con él, planear nuestro futuro juntos, pero siempre que tocaba el tema sus palabras eran las mismas: “Si fuera por mí ya estaríamos viviendo juntos, pero aún no estamos listos, además tengo que preparar a mi hija para que asimile que alguien viva conmigo, pues aunque solo se queda cada 15 días en mi casa, no quiero que lo tome mal”.

Por un tiempo ese argumento acalló mis deseos de avanzar con él, sin embargo, la misma respuesta me resonaba como eco en mi cabeza: “Te amo mucho pero aún no estamos listos”. Discusiones dentro de mí me decían “¿¡pero cómo no vas a estar listo si eres 12 años mayor que yo?!”, “¡¿qué es lo que te detiene si dices que soy el amor de tu vida?!”, “¡¿qué me hace falta para ser lo suficientemente buena para ti y quieras hacer un futuro conmigo?!”, jamás obtuve una respuesta.

Sin embargo, el tiempo terminó por desgastar la relación y con ello mi paciencia, ya no podía más con esas palabras, con la indecisión, todas las noches sentía que iba explotar por dentro, él solo estaba enfocado en su trabajo, en su hija y claro en la mamá de su hija, dejó de hacer muchas cosas. Las pocas flores que hubo se convirtieron en nada, las palabras de amor en palabras huecas, las caricias en obligación, el tiempo de estar juntos en gritos, discusiones y lágrimas.

Sí, él trataba de poner de su parte, pero su forma de ser tan negativa, tan derrotista, su neurosis y su falta de sueños, me hicieron ver la realidad. Más cuando dijo esas palabras que aún resuenan en mi mente y se repiten en mis sueños: “Tengo miedo… me aterra todo lo que está pasando, no sé qué nos espera juntos y tú nunca estás satisfecha con nada. Además, si alguna vez tenemos un hijo no quiero dejarte sola con él, soy una persona mayor que tú que fuma, y me aterra pensar en que te dejara sola con un hijo”.
Eso se sintió como si me desgarraran la piel…
No supe cómo tomar lo que él dijo aquella tarde en su carro, pero sabía que era la verdad de sus sentimientos, no era falta de interés, no era falta de deseo, no era falta de amor, todo se resumía en una sola palabra: miedo, al cambio, a crecer, miedo a vivir.

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Ahora sé que no hay nada peor que perder ante el miedo, porque es diferente cuando te derrota una mentira, una desilusión, una infidelidad, por lo menos eso tiene rostro, pero el miedo en la condición humana solo se define como cobardía y era lo que él tenía.
El hombre inteligente, interesante e introvertido que había conocido se había ido, se lo había comido el miedo, lo había aplastado el siquiera pensar en un futuro conmigo, porque ni siquiera lo intentó. El hombre que muchas veces llamé “el amor de mi vida”, simplemente había dejado de existir.

Como era de esperarse nunca hizo nada por divorciarse, nunca me propuso si quiera una sola vez que viviéramos juntos, nunca hicimos un solo plan a futuro. Fue ahí donde supe que ya no tendría que aguantar más sus llamadas con su ex esposa, su tiempo condicionado por fechas, sus diversas enfermedades por estrés, el humo de sus cigarrillos que nunca me atreví a decirle que aborrecía y el que todos los días, en vez de disfrutarla, padeciera su vida.

Y no hay nada peor que darse cuenta que se compartió la vida con un cobarde, pues no solo los hombres que engañan, mienten o traicionan pueden ser llamados así, también los que nunca lucharon por sus sueños, quienes se dejaron arrastrar por las circunstancias, que se cruzaron de brazos mientras la vida pasaba, quienes no saben pelear a muerte por el amor de su vida, esos que se dejan vencer por el miedo, esos son los cobardes más grandes del mundo.