-De un amor platónico, a lo real- parte IV

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‘Ese día fue perfecto. Ese día supe que irremediablemente me había enamorado de ti y que por más que pisara el freno, terminaría estrellada en algún sitio. Sólo deseaba darte un beso más y olvidar el mundo. Lo que parecía platónico se convirtió en algo real… y como todo lo real, al final duele’ Laia soltó un suspiro, de esos que se producen cuando deseas desaparecer por un tiempo; se levantó del escritorio y dejó la carta pendiente. Ya habían sido muchos recuerdos por una noche.

 

Santiago y Laia caminaron por un largo tiempo alrededor del parque y después fueron a comprar un helado. Faltaba poco para el atardecer así que decidieron ir al viejo puente colgante del rio. Se sentaron en medio de él y observaron cómo el día moría frente a sus ojos, apareciendo en su lugar un cielo lleno de estrellas y una enorme luna más brillante que otras noches, bueno, esa fue solo percepción de ellos.

Durante todo el día se dedicaron a conocerse más. Conocer la vida del otro, pues por aquella noche en que platicaron hasta la madrugada, ya se conocían lo suficiente en cuanto a ideologías, metas y forma de ver la vida. Realmente eso era lo necesario, conocer el ahora, el cómo piensan y son y no tanto todo sobre sus vidas pasadas. No era necesario saber cuántas parejas habían tenido  o si se habían enamorado fuertemente antes; solo era necesario saber lo básico, cosas relevantes como la ciudad en que nacieron, fecha de cumpleaños, nombre de sus padres, relatos graciosos de cuando eran niños…

Sus pláticas eran siempre tan fluidas y sin poses, que la confianza creció de manera rápida. Charlaban como si se conocieran de años, como si fuesen amigos del pasado que se reencuentran.

Se quedaron callados un momento para contemplar la noche y se escuchaba el canto de los grillos así como el agua que corría unos metros bajo sus cuerpos. Entonces él sacó de su bolsillo una pulsera tejida y la amarró en la mano de Laia.

Ya era muy tarde y Laia tenía que volver a casa pero aún quedaba tiempo para caminar un rato más. Ella lo retó a una carreritas hasta un pequeño parquesito que se encontraba a unos metros del puente. Santiago la dejó ganar.

Se detuvieron un poco agitados y Laia hizo un extraño baile triunfal que hizo reír a Santi. Había valido la pena dejarla ganar, su sonrisa radiante valía la pena cualquier cosa. Él titubeo un poco pero se decidió y entonces la abrazó. Ella no lo esperaba, y después de no saber cómo reaccionar por unos segundos, lo abrazó también. Permanecieron así unos minutos.

-Eres especial ¿lo sabías?- dijo Santi a Laia
-¿Por qué lo dices?
-No lo sé, tan solo lo eres. Tu manera de ser tan tímida pero divertida, el cómo te sonrojas e intentas disimularlo, tu forma de ver la vida, tus metas, tu manera de ser conmigo, tan natural… tan tú.
-Tú también eres especial. Es decir, eres tú quien me hace sentir que no debo intentar ser nadie más que yo misma. Me alegra haberte golpeado en el autobús…
-¡Oye! Que mala. Sí me dolió…
-Jajaja, ya lo sé. Lo siento
-Pero bueno, es el mejor golpe que he recibido en mi vida. Hablo de ti…

Ambos se miraron y se quedaron en silencio. Laia se sonrojó pero esta vez no quiso disimularlo, y entonces Santiago la tomó de las mejillas, se acercó a ella y quito de su cara un mechón de cabello que se interponía en su lindo rostro. Miraba sus ojos, sus labios… Laia comenzó a sentirse extraña, él solo la miraba de cerca y ella no sabía qué hacer ya que comenzaba a sentirse muy apenada… entonces él le susurró –Eres muy hermosa ¿lo sabías?- y le dio un suave beso en los labios, un beso pequeño y rápido pero para Laia fue infinito y perfecto. Entonces él nuevamente la abrazó y le pidió una disculpa. Laia se sintió confundida, ¿por qué disculparse? después de un rato no le tomó importancia, pues solo deseaba sentir sus labios de nuevo, por más tiempo.

Pero no hubo otro beso, porque ahora sí ya era muy tarde. Santiago llevó a Laia a su casa y le dio las gracias por tan bello día. Laia le sonrió y se metió rápido. Sólo llegó 15 minutos tarde, y a tiempo para la cena. Estaba cansada, así que después de recostarse le tomó unos minutos quedarse dormida, con la mano derecha sobre la muñeca en la que estaba la pulsera que le dio Santiago.

Amaneció y Laia despertó, se sentía fresca y ligera, se sentía con mucha energía y feliz. Cantaba y pegaba brinquitos por todos lados, se sentía… enamorada.

Entonces encontró un mensaje de Santiago diciendo que la había pasado increíble y ojalá se repitiera. Y pidiendo disculpas por el inesperado beso –Nunca me había sentido tan bien con nadie Laia, gracias por tropezar conmigo. Te quiero- agregó al final, y Laia relució una enorme sonrisa.

Pasaron algunas semanas y Laia y Santiago se veían todos los días. Él era atento y tierno, sin dejar aquella posa de chico rudo y serio. Eso volvía loca a Laia. Zaira estaba feliz de ver enamorada a su amiga, y le caía bien Santiago.

Un día, Zaira llegó un poco seria a clase y permaneció así todo el día. Laia le preguntaba si pasaba algo y ella decía que no. Cuando llegó el receso y Santi se acercó, ella dijo que tenía algo que hacer y dejó a Laia y Santiago solos.

Eso le resultó extraño a Laia, pero si fuese algo importante ya se lo hubiera dicho. Ellas no son de guardarse secretos.

Al salir de clase Santiago acompañó a Laia a su casa. A medio camino comenzó a llover. Entonces Laia le tomó las manos de Santi y comenzaron a girar y jugar, a hacer tonterías bajo el agua.

-¿Quieres ser mi novia? Le soltó Santiago entre risas
– ¡Sí!- Le dijo ella. Y esta vez se dieron un beso más largo, más cálido, más perfecto que cualquier otro en películas y cuentos.

Laia no sabía que al llegar a casa, un mensaje de Zaira le cambiaría el panorama.

CONTINUARÁ…

Escrito por: Mayeli Tellez