Cuando el amor disuelve una tarde común…

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En un mundo tal vez muy extraño, en el cual vivo, en el cual sueño, yo me encontraba. Siempre dormida y a la vez alerta; jamás me cansé, sólo me tiré de vez en cuando, reflexionaba y continuaba. Todo tan disperso y a la vez tan encantadora la vida. Entendía a la perfección el estar completa, el ser una más que luchaba por sus deseos más profundos y que tal vez, podían ser inexplicables.

Un día en el cual yo salí a la calle, sólo en busca de un camino, yo pensaba y pensaba en la existencia de un presente tan eterno, de esos que parecen alargarse cada vez más, y que por pereza me acostumbraba a ello. Ejercía diariamente mis obligaciones; cada una a su tiempo, siempre a las diez una taza de té, y cada tarde a liberar el estrés; en cada libro buscar un nuevo interés, cada canción una nueva fantasía, mis días, a pesar de la ocupación, eran extremadamente valiosos. Las risas no faltaban, los buenos relatos, las compañías de seres cercanos que siempre me han resultado agradables, el olor del cigarro que fumo antes de hacer algo importante y así emocionarme.

El aire se extiende diariamente por mi ser, me proporcionaba un equilibrio un tanto confuso, pero entre un mundo de oscuras realidades y muchas fantasías, todo se puede esperar. Todos encendían su televisor, esperando que éste les diera aquello que no se atrevían a observar, sin contemplar aquel día en el que parecía mucho ser normal, pero a otros les cambiaba la vida.

atardecer

Los pasillos de ese edificio con un aspecto tan peculiar, unos vecinos que tal vez sólo vi en un par de ocasiones y yo con un aspecto quizá no del todo favorecedor, adornaban ese día; entonces sólo pensé (de nuevo) en salir.

Era una tarde excelente, las nubes se veían naranjas con los rayos del sol, había un clima agradable; mientras yo caminaba seguía pensando sin saber que mi eterno presente se iría; sólo por un instante dejé de escuchar a la gente y sólo escuchaba los latidos de mi corazón…

Mis manos eran frías y sudaban, sentí que mis piernas no me sostenían lo suficiente y el olor de un perfume regular abundaba mi olfato, la presión sanguínea quizá era muy elevada, el estómago parecía moverse, la respiración entrecortada, los músculos faciales ligeros y calientes, mi cerebro (estoy segura) segregó varias sustancias, pero más allá de lo físico y lo terrenal, me encontraba en lo más sagrado de mi existir espiritual; mi cuerpo, esclavizado por ese instante de una emoción demasiado fuerte, se hizo libre; por esa única ocasión pude volar.

Mi vista un tanto distraída por la multitud, al fin se enfocó; mi tarde, que parecía tan común, se convirtió en una tarde que me trajo paz y un nuevo vivir… Porque apareciste tú.