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Historias

Publicado en julio 4th, 2017 | by Hannah

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El día de los atentados a nuestro corazón

 

En conmemoración al 23M, el día en que el corazón de Lucía y Ana sufrió uno de los perores atentados del mundo. Él día en que conocieron a los hombres de sus sueños y a su vez, los más malvados de la faz de la tierra. 

 

Normalmente el país o el mundo, si alguien de de otro lugar tiene el valor de escuchar las noticias más lejanas y conmoverse por los que no son de los suyos, celebran el 23F, un día trágico si queréis, el día del golpe de estado con el asalto en el congreso, y el día que, casualmente, había nacido mi abuelo. Lucía y yo, no. Lucía y yo celebramos el 23M, el día de un gran atentado sentimental y emocional, un gran atentado a dos vidas que se rompieron un poco más, el día del atentado a nuestros corazones.

Un jueves, como cualquier otro, un rutinario y abominable jueves. Un jueves. Sólo un jueves. Un jueves, más. El día central de la semana. El día dedicado a Zeus. Saliendo con las confianzas de estar pegadas al campus, y llegando con el tiempo justo, nos detenemos ante esos semáforos infernales que ningún estudiante ha respetado nunca. Nosotras esperamos, cruzamos y llegamos. Todo empezó allí.

En ese preciso instante en el que cruzamos la calle, Lucía me hablaba, quizás de alguna de sus tonterías, pero inevitablemente desvié la vista hacia algo que jamás hubiera tenido que ver. La desvié porque era inevitable no hacerlo en mi caso. Era sobre él, sobre Depp, mi vida, mi amor platónico, mi todo y mi nada. Vi la calavera de piratas del caribe. Era irresistiblemente observable. Estaba allí. Ni siquiera sé sobre qué era el cartel. Yo sólo vi la calavera y leí Piratas. ¿Qué más daba el resto? Era sobre él. Sólo eso me importaba. Como buena fan y perturbada que soy, dejé a Lucía con la palabra en boca y me abalancé como una loca sobre el cartel. Ella me siguió. Lo leímos: fiesta pirata en Highland. Me preguntó si quería ir, pero evidentemente ya deberían conocer la respuesta.

Aún no me había dado cuenta que acababa de cometer el error más grande que un ser humano podía cometer. Aún no sabía que aquello fuese el desencadenante de una verdadera tragedia griega; no conocía el final de la historia. Aún no podía saber que me había condenado; que nos había condenado; que yo sería la causante del horror del 23M.

Des de ese instante ya no existiría nada más. Solo el maldito cartel y yo. Me empeñé en que lo quería, pero no me veía capaz de cogerlo, de arrancarlo de una de las columnas centrales de la facultad de letras. Subimos a clase, consulté el evento. Casi no me enteré de nada de lo que nos explicaron. Ni siquiera recuerdo de que teníamos clase pero, ¿qué más da eso ahora? A la media parte, bajamos, lo volví a ver otra vez, Lucía conocía bien igual que yo, el mundo del fanguirling. Sabía que si no conseguía ese cartel, reventaría. Así que lo hizo. Lo cogió, lo arrancó y me lo dio. Siempre he pensado que es demasiado buena conmigo. Hubiese podido no cogerlo, y hubiese podido cogerlo yo, pero tenía miedo. Soy una cobarde y una desgraciada. Jamás hubiese tenido que hacérselo coger. Desde ese momento ella formaba parte del 23M. Desde ese momento la había involucrado sin querer.

Y todo pensar que fue por él, uno de los amores más grandes de mi vida. Yo sólo quería aquel cartel e ir a la fiesta pirata. Y ella quiso acompañarme, quiso hacerlo. Ella es demasiado buena. Me quiere demasiado, me quiere sinceramente; sin mentiras, sin prejuicios, sin intereses, sin manipulación, sin utillajes, sin compromisos, sin trampas. Me quiere de verdad. Y yo la quiero. A veces pienso que es la única amiga que tengo, la única persona que me entiende, a quien le puedo contar todo, a quien le puedo hablar de todo. Con ella parece que por fin haya encontrado a alguien que me quiere de verdad, con el corazón. Sin mentira. Con ella todo es mejor.

Compramos cerveza, pizza, patatas… Comimos en la cocina porque no teníamos otra opción. Estábamos felices, contentas, alegres. Unas cervezas, unas fotos, unas tonterías, JB con coca-cola para empezar, y otro a medias, y un chupito que ni siquiera recuerdo. Y por fin la fiesta pirata esperada. Fuimos las primeras, ni siquiera nos dio tiempo a bailar. El alcohol empezaba a hacer efecto. Estaban allí en un rincón, ya lo había conseguido. No podía hacer nada. Ahora le tocaba a ella. Yo tenía lo que quería, y ella estaba a unos instantes de tenerlo. Fuimos, la animé a hablar con ellos. Hicimos un poco el tonto. Uno de esos se me acercó, pero yo no soy a la que le gustan los asiáticos. Es ella. Solo ella. Yo soy fan de Depp. De la calavera del cartel de Piratas del Caribe, del dichoso cartel que no había arrastrado hasta allí.

 

Abandoné a Lucía con sus chinos. Había triunfado. Después de saber su historia no podía apartarla. No podía prohibírselo. Merecía divertirse. Merecía que le dieran amor, que la quisieran ni que fuera por una noche. Necesitaba sentir de nuevo lo que era besar, bailar, mirar  a los ojos, acariciarse, sonreírse, gustarse. Después de todo, ambas lo merecíamos. Me fui de su territorio, y fui en busca del mío. De repente, al lado de una de esas altas mesas después de las escaleras, lo vi. Estaba allí. Mi hombre perfecto.

Bailamos, nos acariciamos, yo le perdía a él y él me perdía a mí. Rozamos los labios y nos besamos. Pasamos así un largo rato, era como si nos conociéramos de antes: esa mirada, esos ojos, esa cara, esos cabellos. Era como si los hubiera visto antes. Y de hecho estaba en lo cierto, pero eso no lo sabría hasta después.
Estábamos tan unidos que ni siquiera vi a unas amigas saludándome. Al final nos echaron. La unión lleva al vicio y el vicio molesta. Yo ya estaba plenamente inconsciente, apenas recuerdo esa parte, nos fuimos, hicimos el loco por la calle, nos seguimos besando. Y de repente en plena inconsciencia, me vino la iluminación: LUCÍA. ¿Estaría bien? ¿Cómo la pude dejar sola? Me empecé a torturar con los perores pensamientos. Pero finalmente la encontré tirada en el suelo del portal. Me asusté mucho. Todo el alcohol despareció en ese instante. Estaba bien. Me estaba esperando a mí para subir a casa.

Me alegré por ella y ella se alegró por mí al verme con él. Subimos, me dijo que se quedaría en el sofá, aunque me supiera fatal, no podía negárselo. Entonces le llevé a la habitación, nos desnudamos, nos observamos, nos sentimos, nos miramos. Pasó lo que tenía que pasar e hicimos lo que debíamos hacer. Todo tan perfecto, como un sueño hecho realidad. Parecía que ese hombre fuera un regalo, como si alguien hubiera escuchado mis deseos y me los hubiese puesto en bandeja en persona. Era perfecto. No le vi más. Bueno, en realidad sí, pero no cumplió nada de lo que dijo, como todos. Pura palabreja, pura labia.

Al lunes siguiente, comentando la jugada con mis amigos de teatro, alguien me tapó los ojos. Era él. Fue la última vez que le vi. Mentí a Lucía. Ese lunes fue el último día que lo vi. No hubo más encuentros. No quería una relación con él, ni su sexo, ni su amistad, me conformaba con ser una mera conocida. Pero se marchó y no tuve respuesta. Y yo sólo quería dejar las cosas claras. Lo he perdido. Tengo el don de perder todo cuánto quiero. Soy un desastre. Me dijeron que es que yo soy demasiado inteligente y bella y que por eso se escapan; les espanto. Pero si fuera inteligente, sabría atraerlos, no huirían de mi.

Pero aunque yo estaba mal, Lucía me contó lo que había pasado y ella estaba peor. Yo ya había pasado por lo que ella pasó en anteriores episodios. También sé lo que es. Ahora estamos solas: Ella y yo. Yo había traicionado a mi compañero, alguien que, como yo, solo, necesitaba querer a alguien para huir de la soledad. Ella había traicionado a su dignidad. Las dos lo habíamos hecho. Y pensar que todo fue por él, por el fanatismo, por la obsesión, por la pasión, por Johnny Depp, por Jack Sparrow, por la calavera del cartel de la facultad, por la fiesta pirata. Maldigo el día en que vi ese dichoso cartel. Yo tenía experiencia. Los mundos del drama son mis mundos y sólo me pertenecen a mí, no tengo porque implicar a otros. No debía.

 

Yo olvido pero siempre recuerdo. A él no puedo olvidarle, a los demás tampoco. Pero a él sobre todo, porque él era el hombre que más he deseado nunca.

Maldito cartel. Maldito 23M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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